martes 6 de octubre de 2009

Me enojé contigo


Sí me enojó algo de lo que me dijiste, no voy a negarlo ni ante ti ni ante mí mismo (normalmente niego mis enojos, pero ¿por qué habría de querer seguirlo haciendo?). El que me dijeras: "Tú criticas mucho por que no ves las faltas en ti mismo" me hizo sentir devaluado. ¿Por qué? No lo sé, todavía estoy bajo el influjo de la adrenalina que fue regada por mi cerebro al sentirse atacado. Tal vez estoy en lo correcto en enojarme, tal vez las palabras que elegiste o hasta el contenido de tu mensaje es indebidamente devaluatorio. Tal vez únicamente tu elección de palabras resultó inadecuada. Siento que sí tengo alguna razón adecuada para enojarme. Tal vez ni siquiera debo juzgar si debo o no debo enojarme. ¿Debo deber o no? Concluiré que al menos acepto que existe mi enojo, que mi enojo es real, que es lo que en este momento siento, sin juzgar si tengo o no razón para ello. Lo que sí quiero juzgar es que la intensidad de lo que siento no debería llevarme a hacer cosas que tengan repercusiones futuras. ¿Por qué? Por que eso es lo que más miedo me da, el que yo decidiera, por este o cualquier otro enojo o emoción, hacer cosas que tengan un efecto adverso para mí en el futuro. Eso me enojaría más que el presente enojo que tengo hacia ti.

Los dos estamos convencidos en nuestra propia mente que tenemos la razón. Leí información en una revista con la que vislumbro que quizá los dos tengamos razón a medias. O tal vez, que lo que yo entendí como tu creencia y lo que es mi creencia están equivocadas a medias. Sin embargo no sé si, en algún momento en el futuro, cuando yo esté calmado, sea provechoso comentártelo. No sé si tu estarás dispuesto y abierto a considerar por un momento que lo que piensas tal vez no sea la verdad. Por que si no es así, tal vez te enojarás conmigo nuevamente. Por que pienso que tú te enojaste conmigo. El escribir esto último quizá es una muestra de mi síndrome de superioridad que me aqueja, pues tal vez tú te olvidaste de asunto unos pocos minutos después de que nos dejamos de ver. Pero yo sigo aquí, unos cuantos minutos después escribiendo acerca de ello. En fin. El miedo de que tú te enojes conmigo, me doy cuenta ahora mientras lo escribo, quizá es reflejo de mi miedo de que mi padre se enoje conmigo. Me doy cuenta en este momento que, aún cuando me desagrada en extremo que mi madre se enoje conmigo, me da pavor que mi padre se enoje conmigo. De hecho, sólo puedo recordar muy vagamente un par de ocasiones en que él se enojó conmigo. No recuerdo claramente la situación, aún cuando tengo la borrosa imagen de la cara de padre transformada en una que jamás había visto antes y la clara sensación de destrucción de mi universo interno. Quizá eso es lo que me da miedo de enojarme... que se destruya mi universo interno. Me parece que esto no encaja muy bien con mi síndrome de todopoderoso, pero se le parece. Quién sabe. Yo no. Lo único que sé es que la adrenalina se riega a chorros por mi sangre y produce el asombroso efecto de cambiar mi perspectiva de mí mismo y de todo lo que me rodea. Por experiencia propia sé que su intensidad desaparecerá a medida que sea absorbida por mi cuerpo. Lo que ignoro es si el enojo en particular que tuve contigo dejará alguna consecuencia. Imagino que mi corazón no disfrutó particularmente y que quizá quede alguna consecuencia fisiológica y sicológica. Tendré que ir con el lavandero de la psique.

Tal vez, aunado a todo lo anterior, yo también contribuí a mi enojo. Por que yo te comenté mi creencia  presentándola como la verdad, en vez de comentarte que era una posibilidad. En vez de decirte que tenía la duda de que si lo que yo pensaba era correcto, me presenté ante ti con la certeza de que lo que tu habías dicho era incorrecto. Quizá esto te hizo sentir algo que hizo que finalmente me dijeras la frase que me enojó. No lo sé, tendrás que conseguirte tu propio lavandero si te hace falta. Lo que puedo analizar es si yo estaba dispuesto a ceder ante la posibilidad de que lo que yo creía era falso... y concluyo que no. Más bien, ni siquiera pensaba que fuera necesario ceder. Ni siquiera pensaba que lo que yo creía cierto fuera falso. Ni siquiera pensaba en si tendría que ceder o no. ¿Acaso debería uno ir por el mundo dudando siempre que lo que uno cree es cierto? ¿Que no es mas sano vivir con la certeza de que lo que uno cree es cierto, a menos que se exista evidencia que muestre que es falso? ¿Siempre debe uno dar su opinión iniciando con las palabras: "Yo creo que...", "Me parece que..." o "En mi opinión..."? (En este momento pauso y releo el enunciado anterior varias veces; después continúo escribiendo) Concluyo que sí. Debería haber iniciado así la conversación contigo.

Déjame comentar que no sería la primera vez que me enojo por una razón parecida. Aún más, otras personas me han dicho que soy muy terco. Yo pensaba que querían decir que era malo pensar que lo que uno cree es correcto. Ahora creo que se referían a que no iniciaba mis debates con alguna de las palabras antedichas. Hasta parecerían palabras mágicas. Pero, más bien, son el reflejo de una actitud... la actitud de presentar ante el mundo las ideas propias con el ánimo de analizarlas para concluir si son correctas. Quizá un problema mío es que asocio el que mis ideas sean incorrectas con el valor que me asigno a mí mismo. ¡Ah, maldita falta de autoestima! Me has hecho una jugarreta de nuevo. Con esto termino donde comencé a escribir. Que lo que tu me dijiste me hizo sentir devaluado. Creo que encontré al menos parte de la explicación.

Ya se me está pasando el efecto de la adrenalina. Además, o quizá como consecuencia de esto, llegué a una conclusión. Continuaré escribiendo otro día.

domingo 4 de octubre de 2009

Aquel lugar


La vasta planicie se extiende
llana, plana y fríamente predecible.
Las rocas habitan lo que otroa reverdecía.
Colores grisáceos salpican el horizonte
a la vez que la penumbra ilumina el cielo.

La lágrima de la roca más cercana
queda evaporada por el sol ardiente que,
implacable, lanza su veneno hambriento
de seres vivientes.

Mientras la sed confirma la inutilidad
de la mentira autocomplaciente,
los muertos recuerdan la sinceridad
de la verdad desnuda.

Todo continúa viviendo su ciclo interminable,
mientras su esperanza muere todos
y cada uno los días.


jueves 1 de octubre de 2009

La escasez crea valor


Soy el hijo mayor de mis padres. Ellos no tienen ningún otro hijo mayor que yo. Al menos por esa razón, soy valioso para ellos. Sin embargo, no hace falta que ellos lo reconozcan. Es como la santidad de Dios. Él es santo aún cuando nadie lo reconociera. Y sin embargo, la oración del Padre Nuestro reza: "Santificado sea tu nombre". Lo santificamos cuando reconocemos que es santo. Pero no por eso se hace más santo, así como tampoco disminuye su santidad si lo menospreciamos. Por tanto, mi valor para mis padres es real.

Hablando de Dios, sólo hay uno que es el Verdadero. Existen otros dioses, pero sólo son dioses en la imaginación de las personas, no en la realidad. Es como imaginar que la Tierra es plana. No por mucho imaginarlo es real. Debido a que sólo existe un Dios Verdadero, es valioso para nosotros. No tenemos a muchos dioses a los cuales dirigirnos con la seguridad de que sí existen, sólo uno. Además, Dios puede crear todo lo que imaginamos y más allá de lo que imaginamos. Por eso, Dios vale más que todo lo demás para nosotros. Lo reconozcamos o no.

Mi vida es valiosa para mí, pues es la única vida que tengo. Si tuviese nueve vidas, cada una de ellas valdría un noveno con respecto al total. Pero esta vida es la única que tengo, así que su escasez la hace valiosa para mí. Por supuesto, esto no le añade valor para otros seres humanos, pues a su alrededor hay miles de millones de vidas más. Para los demás humanos, yo soy uno de tantas vidas intercambiables según se necesite. Quizá la necesidad cree el valor. Quizá por eso la Real Academia Española defina valor como: "Grado de utilidad [...] para satisfacer las necesidades [...]". Pensaré en esto más adelante.

Hoy quise volverme loco




La locura es la fruta prohibida de los analistas. Deseo frustrado es a quien bordea juguetonamente el límite de la razón sin poder traspasarlo. Un callado grito de angustia sobresale de mi pensamiento maniatado. Hoy quise volverme loco, pero estoy condenado a estar cuerdo. La libertad encerrada en el espacio infinito de la locura está vedada para aquellos cuyo razonamiento avanza vorazmente sobre todo. Debí imaginarlo antes de permitirme soñarlo e intentarlo.